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Xua, Olatz, Patxi

Columna publicada en el ejemplar de diciembre

07·12·2018


 

Sopla el viento del sur por estos lares. Es época de danza de hojas y de mutación de árboles; difícilmente pasa desapercibida la naturaleza y su colorida performance.

Del sur nos llega, junto con el viento, el grito de Xua, Olatz y Patxi.

A 600 km de Usurbil, en Valencia (Países Catalanes) se encuentra la cárcel de Picassent. Madre e hija estáis presas en el mismo módulo; no así el padre. Entre ambos módulos hay una infinidad de puertas, cerraduras, candados y vigilantes. Los días entre semana son monótonos, de una rutina opresora. Los fines de semana tienen el aliciente de las visitas, de la presencia cálida de las personas queridas.

Xua, las visitas de tus familiares te permiten salir fuera de día y ver este otro mundo. Ya conocerás el parque infantil de Almussafes y la laguna de la Albufera, y seguramente ya has llegado hasta la capital. Al anochecer, volverás al regazo de tu madre, a esa celda donde encuentras cobijo.

Olatz, te toca estar en el módulo de madres, en el mismo en el que estuvieron Izar y Sara Majarenas. Presa, mujer y madre. Dura combinación. Para sobrellevarlo, qué mejor que el aliento de Xua, la compañía de las otras niñas, niños y madres, y la proximidad de Patxi.

Patxi, estás tan cerca de tus seres queridos y, al mismo tiempo, ¡qué apartado te tienen! La distancia no siempre se mide en metros. La comunicación entre módulos no es fácil ni directa. Pero, al contrario de lo que piensan muchos, los muros no son capaces de apartar lo inseparable.

Ya está aquí el solsticio de invierno. Es época de celebraciones. Para entonces seguro que ya habrá empezado a soplar el viento norte en Euskal Herria, y ese viento se encargará de haceos llegar nuestro sentido mensaje: os queremos entre nosotras y nosotros, libres.